Todo lo que no es neocorteza es cocodrilo
Si todo lo que no es pensamiento racional pertenece al cocodrilo, entonces la mayor parte de nuestra existencia le pertenece. Antes de la palabra, antes de la duda, antes de la razón, el cocodrilo ya ha decidido. Mientras el pensamiento ensaya sus hipótesis, el cocodrilo ya ha dado un paso. No pregunta, no espera, no reflexiona. Se lanza. Actúa.
Nos gusta pensarnos como criaturas de razón, pero la verdad es que somos bestias con un barniz de lógica. Decimos que elegimos, pero es el impulso el que tira de los hilos en la sombra. El miedo, el deseo, la furia, la nostalgia, el hambre. La neocorteza justifica, construye relatos después del hecho, como un poeta intentando dar sentido a un instante caótico. Pero el cocodrilo es quien mueve primero.
Vivimos en una arquitectura de pensamiento que no fue construida para nosotros. Nos rodea un mundo diseñado para la razón, pero nuestras raíces hunden sus garras en la selva de lo instintivo. Nos piden ecuanimidad en medio de un cuerpo que grita supervivencia. Nos exigen control cuando el mar de lo animal sube la marea. Nos invitan a la reflexión cuando la sangre ya ha acelerado la respuesta.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Podemos domar al cocodrilo o estamos condenados a disfrazar sus decisiones de argumentos racionales? Quizás la respuesta no sea reprimirlo, sino aprender su danza. No ignorar sus susurros, sino comprender su idioma. Si todo lo que no es neocorteza es cocodrilo, entonces no podemos extirparlo sin extirparnos a nosotros mismos.
Podemos entrenarlo, sí. Moldearlo. Hacer que sus reflejos trabajen a nuestro favor. Que su ferocidad no sea una jaula, sino un fuego que guíe. No hay que matarlo, sino aprender a cabalgarlo. Y en ese equilibrio, entre el instinto y la conciencia, entre el salto ciego y la mirada calculada, quizás resida la verdad de lo que somos.